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Hay una persona que probablemente ha tomado algunas de las peores decisiones financieras de SU (TU) vida.
Te conoce perfectamente.
Sabe cuánto ganas, cuánto tienes ahorrado, cuáles son tus gastos, conoce tus miedos y hasta sabe qué cosas te hacen perder la cabeza.
El problema es que esa persona eres tú.
O, mejor dicho, tu cerebro.
Y antes de que empieces a insultarlo conviene hacerle justicia: tu cerebro es una máquina extraordinaria. Ha conseguido que la especie humana sobreviva durante miles de años. Lo que ocurre es que fue diseñado para sobrevivir en entornos bastante distintos de Amazon, las tarjetas de crédito, las criptomonedas, las rebajas del 40 % y las aplicaciones que permiten invertir 10.000 euros mientras estás sentado en el cuarto de baño.
Y ahí empieza el problema.
Las finanzas conductuales estudian precisamente cómo nuestra psicología, nuestras emociones y nuestros sesgos cognitivos afectan a las decisiones relacionadas con el dinero.
Porque creemos que primero pensamos y después decidimos.
Muchas veces sucede exactamente al revés:
primero decidimos y después buscamos una explicación razonable para justificar lo que acabamos de hacer.
¿Qué son las finanzas conductuales?
Durante muchos años, buena parte de la teoría económica tradicional partió de una idea bastante cómoda: las personas tomamos decisiones racionales buscando maximizar nuestro bienestar.
Una teoría preciosa.
El pequeño inconveniente es que después aparecieron las personas.
Y las personas compramos cosas que apenas utilizamos, mantenemos inversiones que pierden dinero esperando una recuperación milagrosa, vendemos activos rentables demasiado pronto, contratamos créditos carísimos porque la cuota mensual parece pequeña y somos capaces de recorrer diez kilómetros para ahorrarnos cinco euros en una compra mientras perdemos cientos por una mala decisión financiera.
Las finanzas conductuales incorporan la psicología al análisis económico para comprender estas aparentes contradicciones.
Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que nuestras decisiones bajo incertidumbre se alejan con frecuencia de esa supuesta racionalidad económica perfecta.
Richard Thaler profundizó posteriormente en cómo utilizamos auténticos compartimentos mentales para organizar nuestro dinero.
La conclusión resulta incómoda:
con el dinero somos bastante menos racionales de lo que pensamos.
Y saberlo puede ahorrarnos mucho dinero.
Tu cerebro quiere decidir rápido
Nuestro cerebro recibe constantemente una cantidad gigantesca de información.
Analizar conscientemente cada pequeño estímulo sería agotador.
Por eso utiliza atajos mentales, conocidos como heurísticos.
Estos mecanismos son extraordinariamente útiles.
Imagínate tener que estudiar veinte minutos cada mañana si resulta conveniente lavarte los dientes.
El problema aparece cuando esos mismos atajos se aplican a decisiones financieras complejas.
Aquí entran los llamados sesgos cognitivos.
Y algunos pueden salir bastante caros.
1. Aversión a la pérdida: perder duele más
Imagina dos situaciones.
En la primera ganas 1.000 euros.
En la segunda primero ganas 2.000 y después pierdes 1.000.
Económicamente, terminas exactamente en el mismo lugar.
Psicológicamente, la experiencia resulta muy diferente.
Las personas tendemos a sentir las pérdidas con una intensidad superior al placer que obtenemos de ganancias equivalentes.
Esto explica comportamientos financieros muy habituales.
El inversor que se enamoró de una acción
Compraste una acción a 100 euros.
Ahora vale 60.
Toda la información disponible indica que las perspectivas de la empresa se han deteriorado.
Pero vender significa aceptar que has perdido 40 euros.
Así que esperas.
Y esperas.
Y cuando llega a 40 euros continúas esperando porque ahora vender duele todavía más.
La decisión deja de depender de las perspectivas futuras de la inversión y empieza a depender del precio que pagaste en el pasado.
El cerebro piensa:
“Hasta que venda, realmente todavía no he perdido”.
El extracto bancario suele discrepar.
¿Cómo defenderte?
Pregúntate:
“Si hoy tuviera este dinero en efectivo, ¿compraría esta inversión al precio actual?”
Si la respuesta cambia respecto a tu decisión de mantenerla, posiblemente estás dejando que el pasado condicione una decisión que debería mirar hacia el futuro.
2. El sesgo del presente: quiero disfrutar ahora
Nuestro cerebro tiene cierta predilección por las recompensas inmediatas.
Ahorrar para dentro de veinte años compite contra:
- un viaje;
- un teléfono nuevo;
- una cena;
- unas vacaciones;
- ese aparato absolutamente imprescindible que dentro de tres meses estará acumulando polvo.
El beneficio del consumo aparece hoy.
El beneficio del ahorro está situado en un futuro abstracto.
Y el cerebro siente con mucha mayor intensidad el presente.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué muchas personas saben perfectamente que deberían ahorrar y, sin embargo, llegan continuamente a final de mes con exactamente la misma cantidad destinada al ahorro:
cero.
La solución: quitarle decisiones a tu cerebro
Una estrategia extraordinariamente eficaz consiste en automatizar.
Si decides cada mes cuánto ahorrarás, cada mes tendrás que volver a enfrentarte a la tentación.
En cambio, si programas una transferencia automática el mismo día que recibes tus ingresos, transformas una decisión en un hábito.
La automatización del ahorro ha sido estudiada, entre otros, por Richard H. Thaler y Shlomo Benartzi en el programa Save More Tomorrow.
Primero ahorras.
Después gastas.
Curiosamente, mucha gente hace justamente lo contrario:
“Ahorraré lo que me sobre a final de mes.”
A final de mes suele sobrar exactamente lo que imaginabas.
Nada.
3. El efecto anclaje: el primer número puede dominar tu decisión
Vas a comprar un ordenador.
Precio habitual: 1.599 €.
Oferta especial: 999 €.
Tu cerebro compara inmediatamente 999 con 1.599.
Y siente que está ganando 600 euros.
Fantástico.
Excepto por una pequeña cuestión:
¿Realmente vale 1.599 euros?
El precio original se ha convertido en un ancla.
A partir de él juzgas el resto.
Este mecanismo aparece constantemente en las decisiones financieras:
“Antes 300 €, ahora 199 €”.
“Valorado en 2.000 €”.
“Por solo 89 € al mes”.
“Precio especial durante 24 horas”.
El verdadero análisis debería ser diferente:
¿El producto vale 999 euros para mí?
Eso ya obliga a pensar.
Y pensar arruina bastantes ofertas maravillosas.
4. El framing: la misma realidad puede parecer completamente distinta
Imagina dos préstamos.
Uno se presenta así:
“Llévatelo por solo 59 € al mes”.
Otro dice:
“Pagarás 4.248 € durante seis años”.
Puede tratarse exactamente de la misma operación.
Pero nuestra percepción cambia porque ha cambiado el encuadre de la información.
Eso es framing.
Una de las aplicaciones más peligrosas aparece cuando compramos productos financiados.
Nos enseñan la cuota.
El cerebro piensa:
“59 euros puedo pagarlos perfectamente”.
Pero la pregunta financiera relevante debería ser:
¿Cuánto voy a pagar en total?
Especialmente en financiación, créditos rápidos o tarjetas revolving, mirar únicamente la cuota puede transformar algo aparentemente barato en una decisión extraordinariamente cara.
Tu cerebro mira 59 euros.
Tus finanzas deberían mirar 4.248.
5. Contabilidad mental: hacemos trampas con nuestro propio dinero
Richard Thaler popularizó el concepto de mental accounting, o contabilidad mental.
Consiste en tratar el dinero de forma diferente según de dónde procede o para qué lo hemos reservado.
Y aquí hacemos auténticas maravillas.
Por ejemplo:
Has recibido inesperadamente 500 euros.
“Como este dinero no lo esperaba, me lo puedo gastar”.
Curioso.
Los euros inesperados tienen exactamente el mismo valor que los euros esperados.
Otro clásico:
“Lo he pagado con la tarjeta, así que este mes todavía puedo permitírmelo”.
La tarjeta tampoco fabrica dinero.
Solo consigue desplazar temporalmente el momento en que sentimos la pérdida.
El dinero debería competir contra el dinero
Antes de gastar 1.000 euros, evita preguntarte únicamente:
“¿Puedo permitírmelo?”
Prueba con:
“¿Qué otra cosa podría hacer con estos 1.000 euros?”
Ahí aparece el concepto verdaderamente importante:
el coste de oportunidad.
Cada euro que utilizas para una cosa deja de estar disponible para otra.
6. El efecto rebaño: si todos compran será por algo
Los humanos somos animales sociales.
Observamos continuamente lo que hacen los demás para decidir qué debemos hacer nosotros.
En muchos contextos resulta útil.
Financieramente puede convertirse en dinamita.
Cuando todo el mundo habla de una inversión, cuando tu vecino ha ganado dinero, cuando las redes sociales están llenas de personas afirmando que determinado activo “solo puede subir”, aparece el miedo a quedarse fuera.
El famoso FOMO —Fear Of Missing Out—.
La dinámica de conformidad, modas y cascadas informativas está desarrollada en Learning from the Behavior of Others, de Bikhchandani, Hirshleifer y Welch.
Entonces ocurre algo fascinante.
Personas que jamás invertirían 20.000 euros en un negocio porque quieren estudiar balances, clientes, márgenes y perspectivas pueden meter esos mismos 20.000 euros en un activo del que apenas entienden cómo funciona.
¿Por qué?
Porque está subiendo.
Hasta que deja de hacerlo.
La historia económica tiene bastantes ejemplos como para llenar una biblioteca.
7. Exceso de confianza: todos conducimos mejor que la media
Existe otro sesgo especialmente peligroso en las inversiones:
creemos que somos mejores tomando decisiones de lo que realmente somos.
Sobre exceso de confianza y negociación excesiva de inversores individuales, véase Barber y Odean, Trading Is Hazardous to Your Wealth.
Después de varias operaciones afortunadas podemos empezar a atribuir el resultado exclusivamente a nuestra habilidad.
Compramos.
Sube.
“Lo sabía”.
Volvemos a comprar.
Vuelve a subir.
“Soy bastante bueno en esto”.
Compramos más.
Cae un 40 %.
“El mercado está manipulado”.
Nuestro cerebro también sabe hacer auditorías creativas de sus propios errores.
¿Cómo mejorar nuestras decisiones financieras?
Aquí está la parte importante.
El objetivo de las finanzas conductuales consiste en comprender nuestros sesgos para diseñar mecanismos que reduzcan su impacto.
1. Introduce tiempo entre impulso y decisión
Para compras relevantes utiliza una regla sencilla:
espera 24 horas.
El deseo inmediato pierde intensidad y aumenta la capacidad de evaluación.
Para decisiones importantes, amplía incluso el periodo.
2. Automatiza las buenas decisiones
Automatiza ahorro, inversión periódica y pagos importantes.
Cuantas menos veces tengas que decidir hacer algo que ya sabes que te conviene, mejor.
3. Mira el coste total
En cualquier financiación observa:
- precio total;
- intereses;
- comisiones;
- TAE;
- plazo;
- coste final de la operación.
La cuota mensual cuenta una parte de la historia.
4. Escribe por qué tomas decisiones importantes
Antes de invertir puedes escribir:
“Compro porque…”
Dentro de seis meses podrás comprobar si tu razonamiento tenía sentido o si simplemente estabas dejándote llevar por el mercado.
Además, impide algo que nuestro cerebro hace extraordinariamente bien:
reescribir el pasado para convencernos de que siempre tuvimos razón.
5. Pregunta qué tendría que ocurrir para demostrar que estás equivocado
Esta pregunta combate el sesgo de confirmación.
Cuando compramos una inversión tendemos a buscar información que confirme nuestra decisión.
Lee también argumentos contrarios.
Tu objetivo debería ser tomar una buena decisión, en vez de ganar una discusión contigo mismo.
6. Crea fricción para gastar y elimina fricción para ahorrar
La mayoría de las empresas hace justo lo contrario.
Compra con un clic.
Pago instantáneo.
Tarjeta guardada.
Financiación inmediata.
Todo está diseñado para eliminar los segundos durante los cuales podrías arrepentirte.
Puedes invertir el proceso:
haz facilísimo ahorrar y un poquito más incómodo gastar.
Tu patrimonio probablemente te lo agradecerá.
Finanzas conductuales y neurofinanzas: conocer tu cerebro también mejora tus finanzas
Las finanzas personales acostumbran a enseñarse como si fueran exclusivamente matemáticas.
Ingresos.
Gastos.
Rentabilidad.
Intereses.
Inflación.
Diversificación.
Todo eso resulta esencial.
Pero falta una variable.
La persona que toma las decisiones.
Puedes conocer perfectamente la fórmula del interés compuesto y continuar gastándote todo el dinero.
Puedes entender la diversificación y seguir concentrando tus inversiones porque tienes “una corazonada”.
Puedes saber que endeudarte al 20 % resulta financieramente desastroso y seguir aceptando el crédito porque quieres algo ahora.
Por eso estudiar psicología económica, finanzas conductuales y neurofinanzas cambia completamente la manera de entender el dinero.
El problema financiero rara vez consiste únicamente en saber hacer números.
Muchas veces consiste en saber qué hace nuestro cerebro cuando tiene que decidir sobre esos números.
Tu peor enemigo financiero quizá también pueda convertirse en tu mejor aliado
Nuestro cerebro utiliza sesgos, emociones y atajos porque los necesita.
Pretender eliminarlos sería absurdo.
La clave consiste en reconocerlos y crear sistemas que eviten que decidan por nosotros cuando hay demasiado dinero en juego.
Porque la libertad financiera empieza bastante antes de tener mucho dinero.
Empieza cuando conseguimos algo mucho más difícil:
dejar de reaccionar automáticamente ante él.
Y la próxima vez que aparezca una oportunidad maravillosa, una inversión que “solo puede subir”, una oferta que termina dentro de siete minutos o una financiación de “solo 39 euros al mes”, haz algo revolucionario:
piensa.
A veces, treinta segundos de reflexión proporcionan una rentabilidad extraordinaria.
¿Quieres entender mejor cómo decide tu cerebro cuando entra el dinero en juego?
Las finanzas tradicionales te enseñan qué deberías hacer con el dinero.
Las finanzas conductuales y las neurofinanzas permiten comprender por qué tantas veces hacemos exactamente lo contrario.
Si quieres profundizar en estos mecanismos, aprender a reconocer los sesgos que condicionan tus decisiones y desarrollar un sistema financiero mucho más consciente, puedes continuar con Toma el control de tu dinero.
Porque gestionar mejor el dinero empieza por comprender a la persona que lo gestiona.
Y esa persona eres tú.
Bibliografía y fuentes
- Kahneman, D. & Tversky, A. (1979). Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk. Econometrica, 47(2), 263–291.
- Tversky, A. & Kahneman, D. (1974). Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases. Science, 185(4157), 1124–1131.
- Tversky, A. & Kahneman, D. (1981). The Framing of Decisions and the Psychology of Choice. Science, 211(4481), 453–458.
- Thaler, R. H. (1985). Mental Accounting and Consumer Choice. Marketing Science, 4(3), 199–214.
- Laibson, D. (1997). Golden Eggs and Hyperbolic Discounting. The Quarterly Journal of Economics, 112(2), 443–478.
- Thaler, R. H. & Benartzi, S. (2004). Save More Tomorrow: Using Behavioral Economics to Increase Employee Saving. Journal of Political Economy, 112(S1), S164–S187.
- Bikhchandani, S., Hirshleifer, D. & Welch, I. (1998). Learning from the Behavior of Others: Conformity, Fads, and Informational Cascades. Journal of Economic Perspectives, 12(3), 151–170.
- Barber, B. M. & Odean, T. (2000). Trading Is Hazardous to Your Wealth: The Common Stock Investment Performance of Individual Investors. The Journal of Finance, 55(2), 773–806.
Preguntas frecuentes sobre finanzas conductuales
¿Qué son las finanzas conductuales?
Las finanzas conductuales estudian cómo la psicología, las emociones y los sesgos cognitivos influyen en nuestras decisiones sobre ahorro, gasto, inversión y endeudamiento.
¿Qué sesgos financieros pueden afectar más a mis decisiones?
Entre los más frecuentes están la aversión a la pérdida, el sesgo del presente, el efecto anclaje, el framing, la contabilidad mental, el efecto rebaño y el exceso de confianza.
¿Cómo puedo reducir el impacto de los sesgos financieros?
Introduciendo tiempo entre impulso y decisión, automatizando el ahorro, revisando el coste total de las operaciones, escribiendo por qué tomas decisiones importantes y buscando información que también contradiga tu primera impresión.
¿Qué diferencia hay entre finanzas conductuales y neurofinanzas?
Las finanzas conductuales estudian el comportamiento financiero desde la psicología y la economía. Las neurofinanzas incorporan además herramientas y conocimientos de neurociencia para comprender mejor los procesos que intervienen cuando decidimos sobre dinero.
¿Por qué automatizar el ahorro puede ayudar?
Porque convierte una decisión repetitiva en un sistema. Al reducir las ocasiones en las que debes elegir entre gastar ahora o ahorrar para el futuro, disminuyes la exposición a la tentación inmediata.
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