La neuropsicología de la inversión: Por qué la lógica no funciona al ahorrar

La neuropsicología de la inversión: Por qué la lógica no funciona al ahorrar

La psicología de la inversión: por qué la lógica no funciona al ahorrar

Sabes que deberías ahorrar. Sabes que deberías invertir una parte de ese ahorro. Y probablemente también sabes que gastar sistemáticamente todo lo que entra en tu cuenta corriente no parece la mejor estrategia para construir un patrimonio.

El problema aparece cuando llega final de mes y descubres que, una vez más, el dinero ha desarrollado una sorprendente capacidad para desaparecer.

No hace falta haber estudiado Economía para comprender que gastar menos de lo que ingresamos es una condición bastante razonable para ahorrar. Tampoco necesitamos una calculadora financiera para entender que disponer de un colchón económico nos protege frente a imprevistos y nos permite tomar decisiones con mayor libertad.

Entonces, si la lógica está tan clara, ¿por qué nos cuesta tanto aplicarla?

Porque las finanzas personales no son solamente una cuestión de matemáticas. Son una cuestión de comportamiento.

Ahorrar e invertir parecen decisiones económicas, pero antes de llegar a los números intervienen las emociones, los sesgos cognitivos, la percepción del riesgo, la comparación social y nuestra preferencia por obtener una recompensa inmediata antes que un beneficio que quizá llegue dentro de veinte años.

Dicho de otra manera: nuestro principal problema financiero muchas veces no está en Excel. Está entre las orejas.

1. Ahorrar parece racional. Nuestro cerebro tiene otros planes

Durante mucho tiempo la economía tradicional trabajó con un modelo de individuo bastante cómodo para las teorías económicas: una persona racional, informada y capaz de evaluar correctamente costes, beneficios, riesgos y oportunidades antes de tomar una decisión.

Sobre el papel funciona de maravilla.

El problema es que luego aparecieron los seres humanos.

La economía conductual, especialmente a partir de los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky y posteriormente de Richard Thaler, mostró que nuestras decisiones se apartan sistemáticamente de esa supuesta racionalidad. Utilizamos atajos mentales, reaccionamos ante las emociones, sobrevaloramos unas informaciones y minusvaloramos otras y, además, podemos saber perfectamente qué nos conviene mientras hacemos exactamente lo contrario.

Esto se observa con especial claridad cuando hablamos de ahorro.

Shlomo Benartzi y Richard Thaler explicaron que los modelos tradicionales sobre el ahorro presuponen dos capacidades que en la vida real resultan bastante exigentes: saber cuánto deberíamos ahorrar para el futuro y, después, disponer de la fuerza de voluntad necesaria para hacerlo durante años.

Ahí empiezan los problemas.

Ahorrar significa renunciar a una parte del consumo presente para obtener un beneficio futuro. Y mientras el consumo actual suele ofrecernos algo concreto, visible y emocionalmente atractivo, el beneficio del ahorro acostumbra a ser bastante más abstracto.

Una cena produce una experiencia esta noche. Un viaje tiene fecha, destino y fotografías. Un teléfono nuevo llega mañana.

Ahorrar 300 euros, en cambio, suele dejar el saldo de la cuenta prácticamente igual. El resultado no se percibe de inmediato, sino con el paso del tiempo, cuando la acumulación empieza a hacerse visible.

Desde el punto de vista económico es importante. Desde el punto de vista emocional, el departamento de marketing del ahorro podría esforzarse bastante más.

Durante años hemos intentado solucionar este problema mediante educación financiera: explicar mejor el interés compuesto, la inflación, la rentabilidad, el riesgo o la diversificación. Todo eso es necesario, pero resulta insuficiente.

Una persona puede entender perfectamente el interés compuesto y no ahorrar un euro. Puede conocer el coste de una tarjeta revolving y seguir utilizándola. Puede saber que una determinada inversión no encaja con su perfil de riesgo y comprarla porque lleva tres semanas escuchando que todo el mundo está ganando dinero con ella.

Saber qué decisión es correcta y tomarla son dos procesos distintos. Y entre ambos está nuestro comportamiento.

2. El sesgo del presente: el futuro siempre puede esperar

Sesgo del presente: elección entre consumo inmediato y ahorro futuro
Cuando el presente ofrece una recompensa concreta, el futuro suele partir con desventaja.

Uno de los principales obstáculos del ahorro es nuestra tendencia a valorar más aquello que podemos disfrutar ahora que aquello que obtendremos en el futuro.

Es lo que conocemos como sesgo del presente, relacionado con el descuento temporal.

Imaginemos que te ofrecen 100 euros hoy o 110 dentro de un año. Muchas personas elegirían los 100 euros inmediatos. Sin embargo, si las dos opciones se sitúan en el futuro —100 euros dentro de diez años o 110 dentro de once— la decisión puede cambiar.

La distancia entre ambas opciones continúa siendo de un año, pero psicológicamente ya no se percibe igual: en el primer caso, muchas personas preferirían recibir los 100 euros hoy; en el segundo, tenderían a esperar un año más para obtener los 110 euros.

La recompensa inmediata ejerce sobre nosotros una atracción especial porque está presente, mientras que los beneficios futuros pierden intensidad cuanto más alejados los sentimos.

Por eso resulta tan fácil pronunciar una de las frases más peligrosas de las finanzas personales:

«Empezaré a ahorrar el mes que viene».

El mes que viene es un lugar extraordinario. Allí hacemos ejercicio, seguimos una dieta impecable, leemos todos los libros pendientes y administramos nuestro dinero como auténticos profesionales.

La dificultad consiste en que cuando llega, vuelve a llamarse hoy.

Esta preferencia por el presente explica también por qué el aumento de ingresos no siempre mejora la capacidad de ahorro. Muchas personas ganan más a medida que avanza su vida profesional, pero elevan simultáneamente su nivel de consumo. El ahorro sigue esperando ese momento ideal en el que supuestamente sobrará dinero.

Y normalmente el dinero no sobra. Encuentra destino.

Aquí aparece una de las primeras conclusiones importantes de las neurofinanzas: si queremos ahorrar, resulta peligroso confiar exclusivamente en nuestras futuras buenas intenciones.

3. Cuando ahorrar se siente como perder

Contabilidad mental y sensación de pérdida al transferir dinero de la cuenta corriente al ahorro
El patrimonio puede seguir siendo el mismo mientras nuestra sensación de disponibilidad cambia por completo.

La contabilidad mental de Richard Thaler ayuda a entender por qué ahorrar puede resultar emocionalmente incómodo incluso cuando sabemos que nos beneficia.

Cuando apartamos dinero de nuestra cuenta corriente, no estamos perdiéndolo desde el punto de vista patrimonial. Seguimos siendo propietarios de esos recursos. Sin embargo, sí estamos modificando quién decide sobre ellos y para qué pueden utilizarse.

Supongamos que ingresas 3.000 euros al mes y decides transferir 300 a una cuenta destinada al ahorro o la inversión. Económicamente, esos 300 euros siguen formando parte de tu patrimonio. Pero ya no están disponibles para cualquier decisión inmediata. Han dejado de pertenecer a la categoría mental del dinero que podemos gastar y han pasado a otra: la del dinero reservado para un objetivo futuro.

Antes de la transferencia, los 3.000 euros parecen estar bajo nuestro control directo. Después, solo 2.700 euros permanecen disponibles para las decisiones cotidianas. La diferencia no es únicamente contable. También afecta a nuestra percepción de autonomía.

La liquidez no representa solo seguridad frente a los imprevistos. También significa capacidad de elegir: gastar, esperar, cambiar de opinión, aprovechar una oportunidad o responder a una necesidad inesperada. Cuando trasladamos dinero a una cuenta de ahorro o inversión, reducimos esa libertad inmediata, aunque el patrimonio total no disminuya.

Por eso el ahorro puede sentirse como una pérdida de decisión. No hemos perdido los 300 euros, pero sí hemos aceptado que ya no estarán disponibles para cualquier uso presente. Para recuperarlos, tendremos que romper la regla que nosotros mismos establecimos o justificar por qué el objetivo futuro deja de ser prioritario.

Este es el tipo de conflicto que explica la contabilidad mental de Richard Thaler. No tratamos todos los euros como si fueran intercambiables, aunque económicamente lo sean. Al asignar esos 300 euros a una categoría concreta, cambiamos la forma en que los percibimos y limitamos voluntariamente las decisiones que podemos tomar sobre ellos.

El conflicto, por tanto, no está entre ganar y perder dinero. Está entre conservar toda nuestra capacidad de decisión en el presente y comprometer una parte de ella para obtener mayor seguridad, libertad o margen de maniobra en el futuro.

El framing, es decir, la forma en la que presentamos una misma realidad, puede modificar nuestra percepción.

No es igual pensar «este mes tengo que quitar 300 euros de mi cuenta» que pensar «este mes voy a aumentar mi patrimonio en 300 euros». La operación financiera es idéntica, pero el encuadre cambia.

Este mecanismo ayuda también a explicar por qué algunas personas sienten una especial tranquilidad manteniendo cantidades considerables en una cuenta corriente aunque sepan que ese dinero podría utilizarse de forma más eficiente.

La liquidez no tiene únicamente valor financiero. Tiene también valor psicológico.

Ver 20.000 euros disponibles genera una sensación de seguridad, control y capacidad de reacción. Si buena parte de ese dinero pasa a una inversión, el patrimonio puede seguir siendo prácticamente el mismo, pero la sensación cambia porque el dinero ya no está inmediatamente disponible.

Y cuando pasamos del ahorro a la inversión, la aversión a la pérdida adquiere todavía más importancia.

Una cosa es responder tranquilamente a un cuestionario bancario diciendo que somos capaces de soportar una caída del 20 %. Otra bastante diferente es abrir la aplicación y comprobar que los 50.000 euros que habíamos invertido ahora valen 40.000.

En ese momento el concepto académico de volatilidad se vuelve sorprendentemente concreto.

Nuestro cerebro puede pedirnos que hagamos algo inmediatamente para detener la pérdida, aunque desde un punto de vista financiero la mejor decisión sea precisamente no hacer nada.

Por eso conocer el verdadero perfil de riesgo de una persona exige algo más que preguntarle cuánto estaría dispuesta a perder. Resulta mucho más útil preguntarse qué haría realmente cuando esa pérdida aparezca.

El precio que pagamos también puede convertirse en una trampa

Existe además otro sesgo que suele entrar en escena: el anclaje.

Compramos una inversión a 100 euros y posteriormente cae hasta 80. A partir de ese momento, esos 100 euros pueden convertirse en nuestra referencia psicológica.

«No venderé hasta recuperar mi dinero».

La frase parece razonable, aunque oculta una trampa. Estamos tomando una decisión futura en función de un precio pasado que ya no tiene por qué ser relevante.

Si hoy tuviera ese dinero en efectivo, ¿compraría esta inversión al precio actual?

Si la respuesta es negativa, mantenerla exclusivamente porque queremos «recuperar» el precio inicial puede significar que estamos defendiendo nuestra decisión anterior en lugar de analizar la situación actual.

Es una de las razones por las que invertir no consiste únicamente en aprender a ganar. También exige aprender a gestionar psicológicamente las pérdidas.

Una cartera magnífica desde el punto de vista matemático sirve de poco si su propietario la abandona cada vez que aparece el miedo.

4. Recompensa inmediata frente a tranquilidad futura

Neurofinanzas: recompensa inmediata del consumo frente a tranquilidad financiera futura
El consumo tiene imágenes y recompensas inmediatas. El futuro necesita significado.

Aquí entramos directamente en el terreno de las neurofinanzas.

Nuestro cerebro responde especialmente bien a las recompensas que puede anticipar. Y el consumo tiene una enorme ventaja: muchas veces comenzamos a disfrutarlo antes incluso de comprar.

Pensemos en unas vacaciones.

Elegimos destino, buscamos hotel, observamos fotografías, consultamos restaurantes, imaginamos qué haremos allí y empezamos a anticipar la experiencia semanas antes de coger el avión.

Lo mismo ocurre con muchos productos. A veces buena parte del placer está en desearlos, buscarlos y esperar que lleguen.

En estos procesos intervienen los circuitos cerebrales de recompensa y, entre otros mecanismos, la dopamina. Conviene hacer aquí una precisión porque en divulgación se ha convertido casi en una costumbre llamar a la dopamina «la hormona del placer».

Es una simplificación.

La dopamina participa en procesos de motivación, aprendizaje, anticipación de recompensas y asignación de relevancia a determinados estímulos. Precisamente por eso resulta tan importante para entender el consumo: nos empuja hacia aquello que nuestro cerebro considera potencialmente gratificante.

Comparemos ahora toda la anticipación que genera un viaje con transferir 300 euros a una cuenta de ahorro.

La segunda opción puede ser financieramente más importante, pero emocionalmente tiene poco espectáculo.

El consumo dispone de imágenes, experiencias y objetos. El ahorro suele disponer de cifras.

Y ese es un problema considerable cuando pretendemos motivarnos a largo plazo.

El futuro necesita significado

Decir a una persona de 30 años que tiene que ahorrar para su jubilación es absolutamente razonable desde el punto de vista financiero. El problema es que compite contra recompensas que ocurren esta semana.

La jubilación está demasiado lejos para producir una emoción suficientemente intensa.

Por eso puede resultar mucho más eficaz traducir los objetivos financieros en consecuencias concretas.

«Quiero acumular 100.000 euros» es un objetivo matemático.

«Quiero disponer de suficiente patrimonio para poder estar un año sin trabajar si un día quiero cambiar de vida» expresa otra cosa.

«Quiero tener 500.000 euros cuando me jubile» es una cifra.

«Quiero poder decidir a determinada edad si trabajo porque me apetece o porque económicamente no tengo alternativa» convierte esa cifra en autonomía.

El objetivo financiero no ha cambiado. Ha cambiado su significado.

Y esto resulta importante porque nuestro yo futuro puede parecernos psicológicamente bastante lejano. Sabemos racionalmente que seremos nosotros, pero muchas de las decisiones que tomamos sugieren que lo tratamos como si fuera algún pariente al que le estamos dejando una magnífica colección de facturas.

El mercado conoce muy bien nuestra preferencia por el presente

Las empresas llevan décadas trabajando para reducir la distancia entre el deseo y la recompensa.

Compra ahora. Entrega mañana. Un clic. Últimas unidades. Paga dentro de tres meses.

Todo el proceso comercial intenta eliminar fricciones.

Esto tiene una consecuencia especialmente interesante: el consumo se disfruta cada vez más rápidamente mientras el momento psicológico del pago se aleja.

Cuando entregamos dinero en efectivo existe una sensación bastante clara de pérdida. Teníamos 100 euros, gastamos 70 y físicamente nos quedan 30.

Cuando pagamos acercando el teléfono durante dos segundos, la operación resulta mucho menos perceptible.

En El arte de la seducción: Cómo el marketing manipula nuestra mente y nuestros deseos explico precisamente cómo los medios de pago pueden reducir el denominado dolor del pago y favorecer una mayor desconexión entre comprar y sentir el coste de la compra.

Desde el punto de vista comercial es fantástico.

Desde el punto de vista de nuestras finanzas personales exige cierta vigilancia.

La búsqueda de recompensa también puede convertir la inversión en juego

La gratificación inmediata no afecta únicamente al consumo. Puede infiltrarse también en la forma en que invertimos.

En muchas estrategias financieras de largo plazo, una vez diseñada correctamente la cartera, hacer pocas cosas puede ser una excelente decisión.

Pero hacer pocas cosas resulta aburrido.

Y nuestro cerebro prefiere la sensación de actividad.

Mirar las cotizaciones, comprar, vender, cambiar de estrategia, perseguir el activo que está subiendo o reaccionar ante cada noticia puede generar una sensación continua de participación y control.

El problema aparece cuando dejamos de invertir para construir patrimonio y empezamos a operar para recibir estimulación.

Algunas plataformas favorecen esta dinámica mediante gráficos en tiempo real, alertas, notificaciones, variaciones constantes de precio y otros elementos que incrementan nuestra atención.

En ese momento conviene distinguir dos actividades que externamente pueden parecer iguales:

Invertir y jugar a invertir.
La diferencia puede acabar saliendo bastante cara.

5. La contabilidad mental: porque para nuestro cerebro no todos los euros son iguales

Como ya hemos visto antes, Richard Thaler desarrolló el concepto de contabilidad mental para explicar cómo clasificamos psicológicamente el dinero en diferentes compartimentos.

Desde el punto de vista económico, 1.000 euros tienen el mismo valor procedan de nuestro salario, de una devolución de Hacienda o de un premio.

Desde el punto de vista psicológico, no siempre los tratamos igual.

Podemos administrar cuidadosamente nuestra nómina y gastar alegremente una paga extraordinaria porque la interpretamos como «dinero extra». También podemos mantener una cuenta de ahorro mientras pagamos intereses elevados por una deuda, como si ambos elementos pertenecieran a mundos económicos distintos.

El dinero de la cuenta pertenece al cajón mental de «mis ahorros».

La tarjeta pertenece al cajón de «mis gastos».

El problema es que nuestro patrimonio no entiende de cajones psicológicos.

Algo parecido ocurre con las inversiones. Cuando obtenemos una ganancia, podemos percibir ese dinero como menos nuestro que el capital inicial y asumir riesgos que jamás aceptaríamos con nuestros ahorros.

Es el conocido efecto del «dinero de la casa», muy estudiado también en el comportamiento de los jugadores. Cuando una persona obtiene una ganancia inesperada, puede dejar de percibir ese dinero como fruto de su propio esfuerzo y empezar a tratarlo como una cantidad disponible para asumir riesgos adicionales. La ganancia se separa mentalmente del patrimonio principal y, al sentirse menos dolorosa su posible pérdida, aumenta la disposición a apostar, invertir de forma imprudente o gastar sin la misma cautela que aplicaría a sus ahorros habituales.

La buena noticia es que la contabilidad mental también puede utilizarse a nuestro favor. Separar dinero destinado a gastos corrientes, emergencias, inversión o determinados objetivos reduce la sensación de que todos nuestros recursos están disponibles para cualquier cosa.

Incluso el nombre de esas cuentas puede cambiar nuestra relación con ellas.

«Cuenta de ahorro» es una descripción.

«Fondo de seguridad» o «fondo de libertad» explican para qué existe ese dinero.

Y cuando el objetivo tiene significado, resulta más fácil defenderlo frente a una tentación inmediata.

6. Ahorrar lo que sobra: una estrategia extraordinaria para ahorrar poco

Una de las decisiones más habituales consiste en gastar durante el mes y reservar aquello que quede al final para ahorrar.

La lógica parece impecable.

La práctica suele ser bastante peor.

El gasto tiene una enorme capacidad para adaptarse a la renta disponible. Cuando aumentan nuestros ingresos, tendemos a incorporar progresivamente nuevos consumos que terminamos percibiendo como normales.

Es lo que conocemos como inflación del estilo de vida.

Un restaurante que antes considerábamos especial empieza a formar parte de nuestra rutina. Las vacaciones mejoran, el automóvil también y aparecen nuevos gastos que individualmente parecen perfectamente justificables.

El resultado puede ser paradójico: personas cuyos ingresos han aumentado considerablemente durante los últimos diez años continúan teniendo prácticamente la misma capacidad de ahorro.

Por eso suele ser más eficaz modificar el orden:

Ingreso → ahorro → gasto

en lugar de:

Ingreso → gasto → ahorro de lo que quede.

Esta simple inversión tiene un enorme componente conductual.

Si el ahorro se automatiza inmediatamente después de recibir los ingresos, reducimos el número de decisiones que tenemos que tomar. El dinero destinado al futuro deja de competir cada día con todas las posibilidades de consumo que van apareciendo.

No estamos eliminando nuestros sesgos.

Estamos evitando convocarlos a una reunión mensual para ver si esta vez nos dejan ahorrar.

De hecho, uno de los grandes aportes de Benartzi y Thaler con el programa Save More Tomorrow consiste precisamente en utilizar mecanismos automáticos y compromisos futuros para aumentar progresivamente el ahorro sin depender continuamente de la fuerza de voluntad.

En finanzas personales, diseñar bien el sistema suele funcionar mejor que confiar en nuestra heroicidad.

7. A veces una pequeña dificultad juega a nuestro favor

Todo el sistema comercial contemporáneo trabaja para eliminar obstáculos al consumo. La lógica es sencilla: cuantos menos pasos existan entre querer algo y comprarlo, mayores serán las posibilidades de completar la operación.

En nuestras finanzas personales podemos utilizar el mismo principio en sentido contrario.

Introducir una pequeña fricción antes de determinados gastos puede protegernos frente a decisiones impulsivas.

Una cuenta de ahorro separada, una transferencia que requiera algún paso adicional o simplemente una regla de espera antes de realizar una compra discrecional importante pueden ser herramientas sorprendentemente eficaces.

La economía conductual denomina a algunas de estas estrategias mecanismos de compromiso.

La idea no es nueva. Ulises pidió que lo ataran al mástil antes de escuchar el canto de las sirenas porque conocía perfectamente sus futuras debilidades.

Nosotros podemos solucionar el asunto sin barco, sirenas ni épica griega.

Basta con reconocer algo mucho más sencillo: si conocemos de antemano nuestros puntos débiles, podemos diseñar el entorno para que cometer determinados errores resulte un poco más difícil.

8. Cuando empezamos a invertir aparecen nuevos sesgos

Ahorrar e invertir están relacionados, pero no son lo mismo.

El ahorro permite reservar recursos para el futuro. La inversión introduce además rentabilidad esperada, incertidumbre y riesgo.

Y en cuanto aparece la incertidumbre, nuestro cerebro despliega buena parte de su colección de sesgos.

La aversión a la pérdida, que ya hemos visto, puede llevarnos a vender en momentos emocionalmente complicados. El exceso de confianza puede convencernos de que varias operaciones acertadas demuestran una capacidad especial para anticipar el mercado. El sesgo de confirmación nos lleva a buscar información favorable a nuestras posiciones mientras ignoramos aquello que las cuestiona.

También aparece el efecto rebaño.

Cuando todo el mundo parece estar ganando dinero con una inversión, el análisis puede pasar rápidamente a un segundo plano. Ya no tenemos miedo de perder dinero; tenemos miedo de ser los únicos que no lo estamos ganando.

El conocido FOMO —Fear Of Missing Out— no es exclusivo de las redes sociales.

Ha vivido cómodamente en los mercados financieros desde mucho antes de que existiera Instagram.

Las burbujas financieras tienen siempre características económicas, pero resulta difícil entenderlas sin estudiar también la psicología colectiva.

Cuando vemos a nuestro entorno enriquecerse con algo, nuestra percepción del riesgo empieza a cambiar. Una inversión que meses antes nos parecía absurda puede parecernos de repente una oportunidad irrepetible.

Y normalmente cuando una inversión empieza a parecernos irrepetible conviene respirar antes de pulsar el botón de comprar.

9. Vivimos en un entorno que favorece gastar

Comparación social: consumo visible en redes sociales frente a salud financiera y patrimonio invisible
El consumo es visible. La salud financiera, normalmente, no.

Al comportamiento individual tenemos que añadirle el entorno.

Vivimos rodeados de estímulos comerciales diseñados para despertar deseos, reducir fricciones y facilitar el gasto. Las redes sociales han añadido además una dimensión especialmente potente: la comparación constante.

No consumimos únicamente por utilidad.

También consumimos identidad, pertenencia y estatus.

Y la comparación social puede modificar nuestra percepción de lo que consideramos un nivel de consumo normal.

Hace años nos comparábamos principalmente con familiares, amigos, compañeros de trabajo o vecinos. Ahora podemos desayunar viendo las vacaciones de una persona en Maldivas, comer contemplando el coche nuevo de otra y acostarnos después de recorrer la casa espectacular de alguien a quien jamás hemos visto en persona.

El problema financiero aparece porque la comparación se realiza con información incompleta.

Podemos ver el coche nuevo de otra persona, sus viajes o el restaurante al que acude, pero desconocemos cuánto debe, cuánto tiene ahorrado, cuál es su patrimonio o durante cuántos años va a financiar aquello que estamos admirando.

El consumo es visible.

La salud financiera, normalmente, no.

Por eso podemos acabar comparando nuestra situación económica completa con la parte del consumo ajeno que alguien ha decidido mostrar.

Y de ahí podemos pasar a una situación bastante absurda: endeudarnos para parecernos económicamente a personas cuya situación económica desconocemos.

Mal negocio.

10. ¿Qué podemos hacer con todo esto?

La conclusión no consiste en eliminar el consumo ni en convertir el ahorro en una especie de nueva religión.

El dinero también está para disfrutarlo.

El problema aparece cuando nuestras decisiones responden automáticamente a estímulos, sesgos o recompensas inmediatas que terminan alejándonos de nuestros propios objetivos.

Por eso las estrategias financieras personales más eficaces suelen combinar conocimientos económicos con diseño conductual.

Automatizar una parte del ahorro elimina decisiones innecesarias. Asociar ese ahorro a objetivos concretos hace que el futuro tenga significado. Separar las cuentas reduce la sensación de disponibilidad total. Introducir algo de fricción antes de determinados gastos limita la impulsividad.

También conviene aprovechar los aumentos de ingresos para incrementar el ahorro antes de que nuestro nivel de vida absorba toda la mejora salarial.

Y cuando llegamos a la inversión, resulta imprescindible conocer nuestra reacción ante el riesgo, porque el verdadero perfil inversor aparece cuando llegan las pérdidas, no cuando contestamos tranquilamente un cuestionario.

Finalmente, debemos distinguir entre gestionar nuestras inversiones y utilizarlas como fuente de entretenimiento. Si necesitamos mirar continuamente qué está haciendo el mercado, quizá exista algo más que una preocupación por nuestra rentabilidad.

11. Las finanzas personales son, sobre todo, comportamiento

La educación financiera no consiste únicamente en conocer conceptos como los tipos de interés, la inflación, la rentabilidad, el riesgo, la diversificación o la fiscalidad. También implica saber aplicar ese conocimiento cuando tenemos que tomar decisiones reales.

Podemos saber calcular el coste de una deuda y contraerla igualmente.

Podemos conocer el funcionamiento de los mercados y vender dominados por el miedo.

Podemos tener unos ingresos excelentes y construir muy poco patrimonio.

Incluso podemos ser economistas y hacer estupideces con nuestro dinero. La carrera tampoco vacuna contra los sesgos cognitivos.

Precisamente ahí se encuentran las neurofinanzas y las finanzas conductuales: en el espacio que existe entre la decisión económicamente razonable y el comportamiento que finalmente tenemos.

La pregunta deja entonces de ser únicamente:

«¿Qué debería hacer con mi dinero?»

Y aparece otra quizá más interesante:

«¿Por qué, sabiendo lo que debería hacer, termino haciendo otra cosa?»

Cuando empezamos a responder esta segunda pregunta, la educación financiera adquiere otra dimensión.

12. Tomar el control de tu dinero empieza antes de elegir dónde invertir

Esta es una de las ideas centrales que quiero trabajar en el seminario presencial Toma el control de tu dinero.

Por supuesto hablaremos de finanzas. Pero antes de elegir productos tenemos que entender nuestras decisiones.

¿Por qué gastamos como gastamos? ¿Qué relación tenemos con el riesgo? ¿Qué ocurre cuando vemos una pérdida? ¿Por qué algunas compras nos parecen imprescindibles? ¿Por qué aplazamos decisiones que sabemos que nos convienen? ¿Qué papel desempeñan el estrés financiero, la gratificación inmediata o determinados patrones aprendidos?

Dos personas con los mismos ingresos pueden acabar veinte años después en situaciones patrimoniales completamente distintas.

La diferencia no tiene por qué estar exclusivamente en lo que saben.

Muchas veces está en cómo se comportan con aquello que saben.

Puedes conocer perfectamente qué inversión te conviene, pero primero necesitas disponer de dinero para invertir.

Puedes construir una cartera excelente, pero también necesitas ser capaz de mantenerla cuando llegue la volatilidad.

Puedes aumentar considerablemente tus ingresos, pero si cada incremento termina convertido en más consumo, tu patrimonio avanzará mucho más despacio.

Por eso tomar el control de tu dinero empieza antes de entrar en un banco, comprar un fondo o abrir una cuenta de inversión.

Empieza entendiendo cómo tomas tus propias decisiones financieras.

Una última reflexión

Durante años hemos presentado el ahorro fundamentalmente como una renuncia: dejar de gastar hoy para poder gastar mañana.

Quizá ese enfoque sea parte del problema.

Ahorrar significa también trasladar capacidad de decisión hacia el futuro. Un patrimonio suficiente permite afrontar imprevistos, cambiar de trabajo, reducir determinadas dependencias, aprovechar oportunidades o decidir con mucha más tranquilidad.

Por eso el ahorro no debería medirse únicamente en euros.

También puede medirse en capacidad de elegir.

Podemos gastarnos 300 euros hoy o conservarlos para nuestro futuro. Ninguna de las dos decisiones es necesariamente correcta o incorrecta.

La cuestión verdaderamente importante es saber por qué estamos tomando una u otra.

Porque controlar nuestro dinero tampoco significa dejar de disfrutarlo.

Significa conseguir que seamos nosotros quienes decidamos cuándo gastarlo, cuándo ahorrarlo y cuándo invertirlo.

Y eso ya se parece bastante a la libertad financiera.

Bibliografía y fuentes

Benartzi, Shlomo y Richard H. Thaler. Heuristics and Biases in Retirement Savings Behavior .

Thaler, Richard H. y Shlomo Benartzi. Save More Tomorrow: Using Behavioral Economics to Increase Employee Saving .

Kahneman, Daniel y Amos Tversky. Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk .

Kahneman, Daniel. Thinking, Fast and Slow.

Thaler, Richard H. Mental Accounting Matters .

Thaler, Richard H. Misbehaving: The Making of Behavioral Economics.

Hirshleifer, David. Behavioral Finance .

Gil, César T. El arte de la seducción: Cómo el marketing manipula nuestra mente y nuestros deseos .

Preguntas frecuentes sobre psicología del ahorro, inversión y neurofinanzas

¿Por qué cuesta ahorrar aunque sepamos que deberíamos hacerlo?

Porque conocer la decisión financieramente adecuada y ejecutarla son procesos diferentes. El ahorro compite con recompensas inmediatas, sesgos cognitivos, hábitos de consumo y nuestra tendencia a valorar más el presente que un beneficio futuro.

¿Qué es el sesgo del presente y cómo afecta a nuestras finanzas?

El sesgo del presente es la tendencia a dar más valor a una recompensa inmediata que a otra más beneficiosa pero situada en el futuro. Puede llevarnos a aplazar el ahorro, gastar antes de lo previsto o asumir financiación para disfrutar hoy de algo cuyo coste soportaremos después.

¿Cómo influye la dopamina en las decisiones de consumo e inversión?

La dopamina participa en procesos relacionados con motivación, aprendizaje y anticipación de recompensas. El consumo y determinadas formas de operar en los mercados pueden generar una fuerte expectativa de recompensa, lo que ayuda a explicar por qué algunas decisiones resultan emocionalmente mucho más atractivas que mantener una estrategia financiera a largo plazo.

¿Qué significa contabilidad mental?

La contabilidad mental describe la forma en que clasificamos psicológicamente nuestro dinero en compartimentos diferentes: salario, ahorro, paga extraordinaria, vacaciones o ganancias de una inversión. Aunque económicamente todos los euros son intercambiables, nuestro cerebro puede tratarlos de manera distinta según su procedencia o el destino que les hemos asignado.

¿Cómo pueden ayudar las neurofinanzas a ahorrar e invertir mejor?

Las neurofinanzas ayudan a identificar los mecanismos psicológicos que intervienen en nuestras decisiones con el dinero. Conocer nuestra reacción ante el riesgo, automatizar el ahorro, reducir la fricción para las decisiones deseadas y aumentarla frente al gasto impulsivo permite diseñar sistemas financieros más compatibles con nuestro comportamiento real.

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